• León Sierra Páez

Despedida


En septiembre de 2009 no imaginé el viaje desbordante que supondría abrir una escuela de actuación en mi Quito natal. Prontamente, sin embargo, la certeza del broche del deseo que ensartaba mis palabras con aquello que llaman vocación, se materializaba a raudales: había nacido para enseñar. Nunca imaginé lo cerca de verme al lado de mi padre, en un lugar no soñado, juntos los dos, en el reconocimiento del otro, con el significante esencial: Maestro.


Abrí las clases para reconciliarme con Jorge, para aprender más de sus clases, y no me equivoqué.

Abrí las clases para tener con quién conversar y encontré el compañero perfecto y entre los alumnos que me han rodeado, me reencuentro poblando los patios de las butacas de los teatros de esta ciudad, y no me equivoqué.

Abrí las clases para producir una generación de actores y estos también se han erotizado con la enseñanza, y no me equivoqué, vendrán más y serán miles.

Abrí las clases para crear y me conmueven estos doce años de teatro en cada clase, en cada proceso que culmina, en cada actor y actriz que veo en las tablas y las pantallas de este pueblo.


Un día, hace pocos años, aparqué el ego y el narcisismo cedió al fomento y creé una empresa con el nombre del estudio y se la entregué a mis cercanos colaboradores, aquellos con quien el deseo condujo. El estudio dejó de ser "mio" y se convirtió en nuestro.


Hoy, me he dado cuenta que estar de paso es el mejor lugar de la conciencia en un ser humano nacido para la muerte.


Doy un paso al costado y dejo la administración de un sueño del cual no despierto todavía. El sueño me constituye, pero no puedo ser un obstáculo para que el estudio de actores pueda crecer más allá de lo que mi corta imaginación concibe: salgo del consorcio, el estudio es vuestro.


Seguiré dando clase, mientras pueda, como un colaborador pedagógico externo. Venga, cualquiera a mis clases, a una o a todas: mis clases siempre han sido y serán abiertas.


Gracias por todo.

502 visualizaciones